Sort by
Sort by

Entrevista conjunta amb Mariano Sánchez Martínez i Alicia Carrillo

Alicia Carrillo y Mariano Sánchez

La educación alimentaria no se reduce a transmitir conocimientos: en la mesa, el contexto afectivo y los acompañantes son determinantes.

Mariano Sánchez Martínez es catedrático de Sociología de la Universidad de Granada, director de la Cátedra Macrosad de Estudios Intergeneracionales e investigador principal del proyecto "Comidas llenas de vida", una iniciativa pionera que analiza el impacto de las comidas intergeneracionales en la salud y el bienestar.

Alicia Carrillo es CEO de Macrosad, grupo especializado en servicios de cuidado, salud y educación a personas que tiene como objetivo conectar generaciones. El proyecto “Comidas llenas de vida”, en el que han participado como colaboradores, se ha llevado a cabo en el Centro Intergeneracional de Referencia de Macrosad (CINTER) en Albolote (Granada).

¿Qué ocurre cuando niños pequeños y personas mayores se sientan a comer juntos cada día durante cuatro meses? Para responder a esta pregunta nació "Comidas llenas de vida", un proyecto pionero impulsado por Nestlé, Macrosad y la Universidad de Granada que estudia cómo las comidas intergeneracionales pueden influir en la salud, el bienestar y los hábitos alimentarios. Conversamos con Mariano Sánchez, responsable de la investigación, y Alicia Carrillo, CEO de la cooperativa de cuidados Macrosad, para conocer los resultados y las implicaciones de este innovador proyecto.

¿Cómo surge el proyecto "Comidas llenas de vida”, que investiga el impacto de las comidas intergeneracionales en la salud y el bienestar?

Mariano Sánchez: El proyecto surge como una iniciativa conjunta entre Nestlé España, Macrosad y la Universidad de Granada. Nace de una constatación muy simple: nuestra forma de organizar la alimentación tiende a separar a las personas por edad, tanto en los cuidados como en la vida cotidiana. Empezamos a preguntarnos qué pasaría si convertíamos el acto de comer en un espacio de encuentro entre generaciones que normalmente no coinciden: niños y niñas de una escuela infantil y personas mayores de un centro de día. Tuvimos la fortuna de contar con un lugar único para intentarlo, el Centro Intergeneracional de Referencia (CINTER) de Macrosad, ubicado en Albolote (Granada), que integra ambos servicios bajo un mismo techo.

En el proyecto piloto han participado 22 personas mayores y 22 niños de 2 y 3 años. ¿Qué comidas y actividades compartieron, y qué profesionales les acompañaron?

Alicia Carrillo: Los participantes compartieron el almuerzo cuatro veces por semana siguiendo una estructura en tres etapas: una fase previa con ritual de bienvenida, higiene de manos y microactividades de educación nutricional con Nutriplato®; el almuerzo en sí, con distribución intercalada en la mesa y tareas compartidas de servicio y ayuda en parejas; y una fase posterior de recogida conjunta, reciclaje y cierre. El menú servido fue idéntico al de los comedores habituales, compuesto por primeros platos (arroz, pasta, patatas o legumbres) y segundos platos (carne, pescado o huevo con verduras). Durante las comidas la interacción fue facilitada en el aula por dos profesionales especializadas en prácticas intergeneracionales, contando además con el soporte de un equipo técnico interdisciplinar (nutrición, gerontología, psicología, educación, diseño y sociología).

¿Qué cree que aporta la relación entre ambas generaciones, que difícilmente podría conseguirse en actividades dirigidas únicamente a un grupo de edad?

Mariano Sánchez: Aporta un marco afectivo y relacional único que fomenta el aprendizaje recíproco. Se produce lo que denominamos un "efecto espejo" o modelado mutuo: las personas mayores refuerzan sus propios hábitos alimentarios y su conducta al asumir un rol activo de guía, mientras que los/as niños/as adquieren lenguaje social, empatía y calma en un ambiente cercano. Para los mayores esta interacción devuelve un sentido directo de utilidad, vitalidad y pertenencia comunitaria, transformando el acto de comer en una experiencia de reconocimiento mutuo e interdependencia que va mucho más allá de la mera ingesta nutricional.

Las personas mayores que participaron en el estudio expresaron sentirse más activas, útiles y emocionalmente conectadas tras participar en "Comidas llenas de vida". ¿A qué experiencias concretas del proyecto atribuyen estos cambios?

Alicia Carrillo: Atribuyen estos cambios principalmente al hecho de asumir un rol social activo y significativo. Experiencias concretas como la realización de tareas compartidas en parejas (poner la mesa, servir la comida, enseñar o ayudar a los/as pequeños/as), la participación en los rituales diarios de inicio y cierre, y la recepción del afecto y la alegría espontánea de los niños fueron determinantes. Este entorno relacional redujo sus sentimientos de soledad y les proporcionó un estímulo emocional diario que reforzó su autonomía y autoestima.

¿Hubo algún resultado o testimonio de los participantes que les sorprendiera especialmente durante el desarrollo del estudio y que no esperaran encontrar al inicio del proyecto?

Alicia Carrillo: Comparando el comedor intergeneracional con los comedores habituales del centro de día o de la escuela infantil pudimos comprobar que en el primero el ambiente era más dinámico y afectivo, había conversación espontánea y ayuda mutua en ambos sentidos. Fue sorprendente escuchar a una persona mayor resumir esta idea diciendo que en el comedor intergeneracional "se come con el corazón".

Por otro lado, nos dimos cuenta del grado de importancia que tiene el reconocimiento mutuo: que los/as niños/as llamaran a sus “amigos/as mayores” por su nombre o preguntaran por ellos/as cuando faltaban. La frase "solo con verles la carita ya me alegro", dicha por una persona mayor, refleja el vínculo basado en el reconocimiento porque sus “amigos/as pequeños/as” venían a buscarle. Además, para algunas personas mayores la experiencia trascendió el comedor: una participante nos contó que la relación con los/as niños/as del proyecto le ayudó incluso a mejorar la relación con sus propios nietos.

Uno de los hallazgos del proyecto fue que los niños mejoraron su capacidad para diferenciar entre alimentos más saludables y menos saludables. ¿Qué actividades o dinámicas cree que fueron clave para lograr este aprendizaje?

Mariano Sánchez: Diseñamos cinco actividades de educación nutricional apoyadas en  Nutriplato®, siempre realizadas en pareja intergeneracional: clasificar alimentos por grupos con tarjetas, identificar preferencias ("me gusta"/"no me gusta"), diferenciar entre alimentos de consumo diario y ocasional, construir juntos un plato saludable colocando los alimentos en su sector correspondiente, y aplicar todo ello al menú real que iban a comer ese día.

Cuando descompusimos los datos de aprendizaje en sus tres componentes —identificar, clasificar y discriminar— vimos que el efecto del comedor intergeneracional se concentraba con claridad en la discriminación, es decir, en distinguir qué se puede comer a diario y qué de forma ocasional: los/as niños/as del grupo de intervención triplicaron la probabilidad de acierto del grupo control al final del proyecto.

Los resultados muestran que los niños aumentaron su interés por probar alimentos y por participar en el momento de la comida. ¿Qué papel cree que desempeñó la interacción con las personas mayores en estos cambios y qué nos enseña esto sobre la educación alimentaria?

Mariano Sánchez: La interacción con las personas mayores actuó como un potente incentivo emocional y un modelo de conducta. La presencia paciente y afectiva de sus “amigos/as mayores” creó un clima de tranquilidad que estimuló la curiosidad infantil y su disposición a probar nuevos alimentos. Esto nos enseña que la educación alimentaria no se reduce a la transmisión de conocimientos, sino que es una práctica social y relacional donde el contexto afectivo y los acompañantes en la mesa desempeñan un papel modulador decisivo.

Nutriplato® formó parte de la intervención como herramienta de educación nutricional. ¿De qué forma se incorporaba a las actividades con los niños y las personas mayores?

Mariano Sánchez: Nutriplato® se integró en la etapa previa a cada almuerzo compartida por niños/as y mayores, utilizándose para dinamizar microactividades educativas centradas en la identificación de alimentos, sus colores y sus texturas. Adicionalmente, la guía Nutriplato® sirvió de referencia para clasificar y estructurar los menús servidos en la intervención (diferenciando los grupos de alimentos entre primeros y segundos platos).

Los participantes infantiles del proyecto tenían entre 2 y 3 años. ¿Qué ventajas ofrece una herramienta visual como Nutriplato® para trabajar la educación nutricional en estas edades frente a otros recursos educativos?

Mariano Sánchez: A esas edades, antes de que el lenguaje y la lectura estén plenamente desarrollados, un recurso visual y manipulable permite que el aprendizaje pase por el reconocimiento y la clasificación —tocar una tarjeta, identificar un color, agrupar alimentos por sectores— en lugar de depender de explicaciones verbales abstractas. Nutriplato® ofrece precisamente eso: imágenes sencillas, sectores claros y una lógica de clasificación que un niño de dos o tres años puede seguir de forma casi lúdica, con apoyo de una persona adulta.

El proyecto también observó una reducción del desperdicio alimentario durante las comidas compartidas. ¿Qué enseñanzas podría aportar para fomentar una relación más consciente con los alimentos, tanto en el ámbito familiar como en el educativo?

Alicia Carrillo: Enseña que la conducta alimentaria y el aprovechamiento de la comida están directamente vinculados al clima relacional. En el estudio, el rol de acompañamiento y el ejemplo de las personas mayores promovieron una mayor atención en la mesa y una reducción sostenida de las sobras de comida. Esto nos muestra la importancia de transformar el momento del almuerzo en un espacio de corresponsabilidad, donde el ejemplo mutuo y el cuidado compartido fomentan el respeto por los alimentos y la sostenibilidad.

Si una familia quisiera trasladar la filosofía de "Comidas llenas de vida" a su día a día, ¿qué hábitos o pequeños cambios recomendaría incorporar para que el momento de la comida favorezca realmente el bienestar de todos sus miembros?

Mariano Sánchez: Del modelo destacaría tres ideas sencillas. Primero, dar intencionalidad a los pequeños gestos: un saludo o una breve rutina antes de sentarse a comer, y algo parecido para cerrar la comida, ayuda a marcar ese tiempo como un espacio propio, no solo funcional. Segundo, repartir papeles con sentido entre generaciones —que cada miembro, según su edad, ponga la mesa, sirva o recoja— refuerza la sensación de aportar y de ser necesario, algo que en nuestro proyecto resultó clave para el bienestar de las personas mayores. Y tercero, proteger ese rato de distracciones y prisas, dejando que la conversación fluya con naturalidad entre generaciones, sin que una persona adulta tenga que dirigirla constantemente.

"Comidas llenas de vida" ha aportado una evidencia muy prometedora sobre el valor de las comidas intergeneracionales. ¿Cuáles son los próximos pasos del proyecto y qué nuevas preguntas les gustaría responder en futuras investigaciones?

Mariano Sánchez: Los próximos pasos incluyen escalar el modelo a otros entornos educativos y sociosanitarios (escuelas, centros de día, residencias) mediante estudios multicéntricos con mayores muestras y diseños por conglomerados. En cuanto a futuras investigaciones, nos planteamos realizar evaluaciones longitudinales de mayor duración para medir la sostenibilidad de los hábitos, incorporar indicadores biomédicos y funcionales, y responder a preguntas sobre cómo, para quién y bajo qué condiciones institucionales específicas la comensalidad intergeneracional genera beneficios sostenibles en la salud y la calidad de los cuidados.

Muchas gracias a ambos por dedicarnos vuestro tiempo y atendernos en esta entrevista conjunta.

Más información sobre el proyecto "Comidas llenas de vida": link